Domingo, 16 de Octubre de 2016

De Marco Antonio De La Parra
La secreta obscenidad de cada día: teatro ritual de juegos de simulación, de encubrimiento y desenmascaramiento, en el que los personajes reiteran esquemas de comportamiento prototípicos, para luego adentrarse en situaciones que alteran, cuestionan y trastornan, hasta el límite del absurdo y el grotesco, la primera propuesta. ¿Quiénes son verdaderamente estos personajes? La ambigüedad los caracteriza: brota de su condición de clandestinos, marginales, imposibilitados de mostrar un perfil social nítido. Acaso ni lo tienen: han vivido múltiples vidas y oficios, han pasado de uno a otro espectro de su identidad social, siempre ligados al lado oscuro, obsceno, de la realidad. Han experimentado, conocen los códigos de los dos lados de las experiencias: de torturadores y torturados, de policías y de guerrilleros, de seres que tienen conciencia culpable o que cínicamente se vanaglorian de sus excesos, de pervertidos sexuales y de detectives. Un impermeable largo, amplio, es el código de identificación por igual de los dos últimos. Las imágenes escénicas están permanentemente recreando estas dobles lecturas. Del mismo modo en que está presente, a través de toda la obra, el doble nivel de lo erótico y lo sociopolítico. Las mismas ambigüedades, tapujos y frases encubiertas, aluden simultáneamente a las fantasías y los recuerdos de trasgresión de lo sexual y del poder político. Los tabúes y prohibiciones extienden un manto de censura equivalente, hermanando el lenguaje y el nerviosismo excitado de rozar esos terrenos. No es de extrañar, entonces, que los personajes sean, en definitiva, la encarnación actual, desgastada y decadente, de dos pilares de la interpretación moderna de la realidad, tantas veces antagonizados: Sigmund Freud y Carlos Marx. Personajes reverenciados y escarnecidos, padres fundamentales que llaman a su desmitificación pero también a su reintegración en otro nivel de la cultura de hoy, son citados en el escenario como un homenaje y un ajuste de cuentas para una generación que se vio acosada por ambos paters sagrados. El llamado a la integración revisada de estos referentes busca equivaler el valor de lo individual y lo social, del mundo interior y sus ensoñaciones e imaginería con el del mundo social y sus urgentes realidades; ambas, muchas veces patológicas, turbias, necesitadas de reflexión que las contenga y acción que las canalice. Todo ello sin moralejas ni mensajes para los espectadores.




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