Lunes, 18 de Enero de 2016

De Susana Torres Molina
Tengo un recuerdo precioso de la representación de esta obra. Durante los primeros sesenta minutos un par de solteronas vagamente creíbles establecía una relación increíble con un vendedor vagamente creíble.... Era una sensación molesta, casi física: lo que pasaba en el escenario no era “verdadero”- .... Durante los últimos quince minutos, graves, despiadados y dolorosos, la verdad se revelaba en toda la dimensión de su crueldad e invadía retrospectivamente la hora anterior. ... Los significados se multiplicaban ... la obra revelaba con crudeza y sagacidad la inhumanidad de nuestras relaciones sociales y lo hacía en el interior de la relación que las encubre, que es el consumo del arte (en este sentido, la obra puede entenderse como una metáfora crítica, por lo menos del arte alienado). ... Lo apasionante de la propuesta es, justamente, el modo en que reintroduce la realidad en nuestras conciencias dormidas, cumpliendo así con una antigua y noble función del arte (exactamente opuesta a la que ejerce el señor Maggi); mantenernos alertas sobre la índole de esa realidad, diagnosticar sin atenuantes nuestra enfermedad y, dada nuestra tendencia a olvidarnos de ella, encontrar siempre las formas originales de renovar ese diagnóstico...




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