Martes, 14 de Junio de 2016

De Luis Alberto Saez
Tres criaturas, tres perdedores, comparten el espacio común de una pieza de pensión. Como en un juego de "gato maula y mísero ratón" se someten y maltratan como forma de comunicarse. El Mono (boxeador terminado), Dorita (dueña de la pensión, travesti de dudosa fama) y Rúben (provinciano recién llegado del interior, frágil como sus sueños de porvenir asegurado) juegan una relación donde el desamor se da la mano con la fantasía y hasta con el delirio. No faltan a la cita las películas de los ´70 (Perdidos en la noche, Rocky), un desdibujado mito de Gatica, el club del clán y hasta las propagandas de cigarrillos. El afuera? Otro mundo, doloroso, donde estos perdedores de raza se golpean cada vez que asoman la nariz. El final de la historia se puede resumir en la frase que uno de ellos escupe con rabia, casi como una revancha. "La piedad nos diferencia de las bestias". No sólo eso. También nos salva de nosotros mismos.




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