Sábado, 16 de Enero de 2016

"Es evidente que el lenguaje de la danza ejercita una memoria corporal, asentada en su masa orgánica, en el portal de las sensaciones, en el eco de las emociones y en un misterioso contacto con el pensamiento.
El espectador no representa una mirada pasiva. Ésta selecciona, edita, reconstruye, se esfuerza, decae, focaliza. La mirada danza empáticamente, acompaña, refleja. Sólo algunas visiones quedarán fijadas en una zona distribuida entre sus emociones y, no necesariamente, sus reflexiones. La comprensión, como el deseo, es una búsqueda que muere al ser hallada. Lo único que sobrevive a este proceso son marcas interiores, que pueden superar los límites de la memoria.

Después de muchos años, las visiones reaparecen en la forma de receptáculos emocionales. Pero siendo la muerte nuestra sola certitud, irán apagándose llevándose indeclinablemente las marcas, las huellas de esa escritura que los cuerpos, alguna vez, dibujaron en el aire. Los contenidos, amados, construidos con esfuerzo y con placer, se disuelven en un espacio cada vez más amplio, más lejano, hasta convertirse en pequeñas estrellas que se esfuman.”

Oscar Araiz





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