Lunes, 17 de Octubre de 2016

De Leonardo Liberman

Una puesta multimedia inspirada en la obra de Marc Chagall.

Hace cien años el escritor Sholem Aleijem escribía el cuento "Tevie el Lechero" que narraba la vida de Tevie en Anatevka, un pueblito de la Rusia zarista, historia impregnada de tradiciones y costumbres del pueblo judío. "El nieto de Tevie" tiene como personaje principal a Samuel, nieto de Tevie el lechero, de setenta y cinco años que ha vivido la vida respetando las tradiciones del pueblo judío y recordando siempre las enseñanzas y las vivencias que aprendió cuando era niño, de su abuelo Tevie. La escena transcurre un sábado a la tarde, en pleno invierno. Esa misma noche es el Bar-mitzva de Daniel, nieto de Samuel. La ceremonia se va a realizar en una Iglesia porque ese es el deseo de Daniel que no quiere ser distinto a sus amigos católicos, y Samuel, fiel a sus tradiciones, no piensa ir. Sara, esposa de Samuel desde hace más de cincuenta años, es una mujer moderna que acepta sin problemas la situación. Sara intenta convencer a Samuel que cambie de actitud y para ello utiliza a otras personas. La empleada doméstica de la casa, María, que trabaja allí desde hace tantos años que casi es un miembro más de la familia y que con sus desaciertos y su costumbre de meterse en todo lo referente a la casa, genera situaciones muy graciosas. La hermana de Daniel, Carla, una adolescente desprejuiciada y feliz con la situación, a la que solo le interesa la fiesta, intenta convencer a su abuelo con más errores que aciertos. Sara invita disimuladamente a su casa a su psicóloga Mónica, para ver si esta mujer, con su capacidad profesional, logra convencer a Samuel, que está firmemente arraigado en su posición. Samuel enfrenta un conflicto interno muy grande entre lo que escucha de todos ellos y que no está dispuesto a aceptar, y las ideas que aprendió de su abuelo Tevie con quien mantiene permanentes conversaciones imaginarias. El mundo interior de Samuel, que nunca logró sacar a la luz, se verá reflejado en un plano fantástico y onírico dentro de una estética propia de Marc Chagall (judío-ruso que vivió la diáspora, el éxodo y lo reflejara en su obra incluyendo a El Violinista). Se producen escenas muy cómicas, muy tiernas, y también muy dramáticas dentro de este insólito conflicto entre viejas tradiciones de abuelos conservadores y los cambios propios de las nuevas generaciones en plena post modernidad, con un final que invita a la reflexión.





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