Martes, 18 de Octubre de 2016

De Martín de Goycoechea

Cuatro personajes de treinta y pico reniegan con su soledad en el pasillo de una casa.
Francisco siente que perdió su masculinidad al ser abandonado por su última mujer.
Luz cree que en ella hay un problema de género, que debe cambiar sus maneras, ahora delicadas, por otras mas violentas, que es momento de defender su amor como “un hombre”.
Maxime es el vecino francés. Está enamorado de Luz. Gracias a incontables juegos de llaves irrumpe en la casa de ella de manera casi cotidiana, obsesiva, tal vez. Probablemente negadora.
Julieta vive con Luz, se siente sola y fea. No entiende cómo relacionarse con los hombres, ha vivido en la periferia de los vínculos sentimentales.
Los cuatro han perdido la capacidad de comprender lo que los demás quieren de ellos. Son incapaces de construir vínculos amorosos. No reconocen sus mecanismos de seducción.
Están solos.
Ante la urgencia que marca esa soledad descomunal, cada uno de los personajes de este relato termina buscando el amor donde o con quién es imposible.
Es por eso que, ante la más pequeña posibilidad de un encuentro amoroso, la presión la destruye, la espanta.





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