Domingo, 16 de Octubre de 2016

De Armando Discépolo
Es alrededor de los años treina, cuando Arnando Disépolo irrumpe en la escena nacional con sus grotescos. Epoca de crisis, cuando la economía trastabilla en todo el mundo y por supuesto -en las malas nunca falla- nosotros fuimos partícipes. Es el tiempo de la caída del gobierno democrático de Irigoyen, primer tropezón del orden constitucional al que seguirán otros a lo largo de las decadas siguientes. A lo económico y político se suma la crisis social. Es la época en que las grandes corrientes inmigratorias intentaban no sin dificultades, insertarse en nuestro medio. En ese ámbito nacía el grotesco criollo, que reconoce, si su ascendencia en los italianos Chairelli, Cavacchioli, Antonelli y sobre todo Lulgi Pirandello, pero que nace con una fisonomía propia y pasa a ser "grotesco criollo" con color y forma inconfundibles dentro del género. Tal vez sea casualidad, tal vez no, que en esta época de crisis económica, política y social en la que nos toca vivir hayamos querido traer a escena esta pieza de Disépolo. Dice Osvaldo Pelleteri: "A diferencia del final trágico de Stéfano y El Organito, resultado de un desarrollo en el que también se intensificarán los descuentos familiares y generacionales que aqui están en germen, en Mateo nos econtramos con una salida relativamente positiva: el antihéroe va preso pero la familia permanece unida. Tal vez en ese diálogo que se establece en la sala y el escenario, en esa corriente sanguínea, nos podamo decir cosas valiosas, nos sintamos solidarios y lleguemos a comprender que aunque viajemos "...con cada rendija asi. La capota como una espumadera", como dice unos de los personajes, podamos juntarnos, darnos calor y comprender que juntos podemos. El parto doloroso. El que nace, nace llorando, pero en ese punto comienza la lucha por una vida por una vida mejor.




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