Miércoles, 19 de Octubre de 2016

De Angélica Liddell

Una madre y su hijo, viven aislados en un palacio presidencial. En el nuevo orden social, donde el mercado ha superado totalmente a la ideología, la literatura está prohibida para que nadie se identifique con el sufrimiento de personajes de ficción. Un robot vigila la memoria y la inconsciencia. Las novelas solo se recuerdan en sueños, y el sueño es interrumpido en cuanto se detecta algún libro en la conciencia de un individuo. El libro inconsciente de esta mujer es “Anna Karerina”, que expresa su deseo de ser arrebatada por el amante. Los deseos se materializan durante el sueño en libros prohibidos. Por tanto, nadie puede dormir. La soledad lleva a esta mujer a desarrollar una conducta desquiciada que se manifiesta seduciendo a su propio hijo. Una vez muerto el dictador el hijo suplanta al padre, sustituyendo una tiranía del optimismo por una tiranía del dolor absoluto, de manera que la mujer queda sometida de nuevo a la falta de esperanza, como metáfora de una humillación universal.

Según la dramaturga:

Una dictadura presidencial muy cercana a algunas democracias modernas donde el mercado impera por encima de la ideología sirve de marco desolador para abordar el sometimiento de la mujer a NO SER DESEADA. En este caso es el aislamiento procede del poder, la absoluta protección desemboca en aislamiento y represión. Generalmente en épocas de represión política hay una correspondencia con la represión de los sentimientos, el conservadurismo se extiende hasta la prohibición, hasta el mandamiento, bajo la apariencia de una falsa libertad. En esa vinculación entre lo privado y lo público es donde se desenvuelven estos personajes, deshumanizados a causa de la negación absoluta del dolor y del sufrimiento, se trata de una sociedad basada en estereotipos publicitarios que despoja a los seres humanos de sus cualidades corporales. Las sociedades se encaminan cada vez más hacia el aislamiento corporal. Según Focault el cuerpo es lo único que produce la verdad, esta revelación acerca del cuerpo no es más que la forma que encuentra el hombre para abordar las convulsiones de su espíritu. Pero el mercado es una forma de totalitarismo basada en una falsa libertad, falsa tolerancia, falsos cuerpos, de tal manera que la imposibilidad de ser amado o deseado (como liberación) es una de las expresiones patológicas de esa sociedad del consumo. Las mujeres pastún de Afganistán, en sus cantos, son fieles al amante pero no al marido opresor. Fatema Mernisi establece una equivalencia entre el burka musulman y la exhibición animal del cuerpo femenino desnudo en la publicidad occidental, para ella son dos maneras de sometimiento. De tal manera que el burka y la modelo que anuncia perfumes está sometiendo a la mujer al aislamiento, a la soledad, y a la falta de amor, porque el amor no llegará por parte del esposo, jamás, sino que llegará furtivo. En el caso de nuestro personaje femenino, la mujer envejece queriendo ser deseada como mujer del prójimo, sin fortuna, ella es intocable por su relación con el poder, que no es más que la expresión de una sociedad enferma donde los sentimientos están devaluados.

Angélica Lidell

Según el director:

En un café cercano a la Gran Vía, Angélica me comenta: - El mandamiento sobre el que tenemos que trabajar es "No desearás a la mujer de tu prójimo"... ¿Y el deseo de la mujer?-.

En un espacio escénico cercano al centro de Buenos Aires la pregunta se materializa en obra y sin pretensiones de respuesta evita el suicidio y se inventa un presente.

La labor de poner en escena un texto de otro supone desde el vamos la apertura a un encuentro. Vértigo de las fronteras... Cada una de las partes implicadas asiste a ese encuentro con toda su singularidad. De la singularidad de los textos de Angélica Liddell me seduce el grito sin evasivas. Sus textos parecen brotar sin filtros desde la desesperación misma. En la Liddell hay España, hay otro suelo, otra dramaturgia... no hay ironía porteña... Hay un radical pronunciamiento del género, hay algo brutal, un pensamiento afiebrado y poético. No es políticamente correcta, hiere el pudor. El destino de sus textos -especie de gran monólogo que interpela a su tiempo- suele ser su propio cuerpo que los pone en escena y hasta los protagoniza. Por tal motivo, esta invitación inaugura el experimento. La escritura del texto y la de la puesta logran dos planos. La obra es el diálogo de esos dos planos. Un grupo de realizadores -actores, plásticos, músicos, técnicos- asisten el parto con dolor en el que Angélica y yo tratamos de que una nueva Ana Karenina, una Karenina desterritorializada pueda dar a luz algo del orden del deseo... lo trágico dará su última puntada.

En lo personal y de la mano de una autora contemporánea el destino, indirectamente, me vuelve a ligar a los clásicos.

Guillermo Cacace





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