Domingo, 16 de Octubre de 2016

De Edgar Chías

No levantarás falsos testimonios

Tres actores, un camarín y treinta segundos antes de comenzar la función. Contarán una de las historias más famosas de la literatura y del teatro universal. Tres actores, tres. Otelo, el amor y los celos. A treinta segundos de comenzar, se plantean la posibilidad de contar esta historia archi conocida de otra forma e investigar sus pliegues, sus zonas secretas. Y lo hacen, hurgan y desmontan la vieja historia, antes de que esos treinta segundos lleguen a su fin.

Según el dramaturgo: Siempre quise escribir una historia de amor. Una historia rosa, en la que el amor triunfara y el optimismo no apareciera como una actitud idiota ante la negrura y el absurdo de un mundo sin ley. Una historia lejos de la tragedia. Siempre he querido escribirla. Y seguramente siempre querré. No dejaré de intentarlo. Mientras, hice esta, y poco puede decirse sobre ella. Acaso sería mejor dejarla hablar, escuchando. Una merienda de negros es un trasunto, un texto bastardo en el que nada es lo que parece. No cuenta una historia porque es la superposición de varias, de fragmentos, de girones de un mundo descoyuntado. Otelo, Jasón, los argonautas y el periodismo moderno asoman cabeza. Pero los que brillan son los negros, por su ausencia y por los motivos que nos brindan a todos, por poner el pecho, las dos mejillas y todo lo demás. Por dejarse ser -sin muchos reparos hasta ahora- los blancos móviles de nuestros dardos. Los que brillan son los negros, aunque a estas alturas, al decir los negros creo que decimos otra cosa además. Algo difuso, pero que podría situarse entre el eufemismo y la metáfora. Así es que en esta obra, limitémonos a lo evidente, los que brillan son los negros. Siempre los negros y su definición imprecisa. Edgar Chías

Según el director:
"No levantarás falsos testimonios". Levantar-falsedad-testimonio. Abarajo las palabras, las leo una y otra vez, las miro desde lejos... No hay dudas, las palabras son engañosas. Son enormes esfinges parapetadas en los confines del sentido y lejanas (tan lejanas como el paraíso mismo) de las cosas que pretenden nombrar. La palabra es un falso testimonio del objeto a ser nombrado. Y en la propia frase, compuesta por palabras, que indica la prohibición de levantar falsos testimonios, se produce como un tornado, una paradoja de lo más explosiva. Se prohíbe utilizando aquello que está siendo prohibido en la frase misma. Es un gato persiguiendo su propia cola; o como escuchar a un mentiroso decir: "Lo que estoy diciendo ahora es falso.": si es verdad, es falso; y si es falso, es verdad. Entonces tenemos una prohibición que, como toda paradoja, termina motorizando su propia contradicción. ¿Y no es justamente el teatro, la disciplina de la mentira, de presentar como verdadero aquello que no lo es? Quizás este mandamiento es el motor de la aparición del teatro, quién sabe...

Leo estas palabras que acabo de escribir y me pregunto dónde se encontrará aquello que tenga el don de no ser falso. Aquel santo grial que, aunque nadie estuviese seguro de su verdadera existencia, ha lanzado a miles en su búsqueda, y son miles los que terminaron por perderse (no han podido contar la historia, dar su testimonio). Quizás se encuentre en esa biblioteca escondida laberínticamente en la abadía de "El Nombre de la Rosa" de Humberto Eco; o tal vez, en algún otro libro de mi biblioteca. Matías Feldman





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