Sábado, 16 de Enero de 2016

De Antonella Sturla

Inspirada en La otra de Javier Daulte

Cuando el binomio se quiebra y la mujer rota resucita entre los escombros para morir una y otra vez regodeada en el fatalismo absurdo de existir.
Cuando el día a día es ese tedio insoportable, ese aquí y ahora eterno, ese momento dilatado que se extiende y no termina, que te ahoga en un presente claustrofóbico, con los recuerdos de un pasado turbio.
Cuando de eso no se habla.
Cuando el silencio es más elocuente.
Cuando lo dicho encierra ese trasfondo inevitable desde donde surge lo perverso, lo cínico, como únicas posibilidades de vínculo.
Cuando el contacto no existe, la palabra es siempre una mentira, el deseo es irrealizable.
Cuando sos por inercia de ser.
Cuando acudís a la razón en busca de un sentido de dudosa existencia.
Pero los impulsos rebalsan y es ahí donde se ahoga el cálculo.
Hierve la sangre. gritan en lo profundo y se derrite la piel.
El deseo irrefrenable de gritar y herir ese silencio que tortura.
Entonces la imagen que no quisimos aparece.
Emerge lo que subyace bajo unas palabras que no logran decir nunca la verdad.
El pasado regresa para hacerse presente.
Las miradas finalmente se encuentran. Se devoran.
Los cuerpos tiemblan de ganas. Se desangran.

La otra y la que ríe poco.
Dos mujeres. Rotas. Fragmentadas.
Un pasado oculto por un presente lleno de silencios.
La simbiosis perfecta.
Lo sexual.
Lo cínico.
Lo perverso.
La imposibilidad.
La desmesura.
El exceso.

".Silencio. Esa es la instancia en la que nos hundimos en el anonimato de la amnesia."





e-planning ad