Sábado, 01 de Marzo de 2014

Érase una vez una hermosa y bondadosa joven llamada Cenicienta, a quien su cruel madrastra y sus dos hermanastras obligaban a ocuparse de las tareas del palacio, como si fuera la última de las criadas. Sucedió que el hijo del Rey celebraria un gran baile. Cenicienta no podia asistir por tener que ayudar a sus hermanastras. La pobre niña se echó a llorar amargamente porque también le hubiera gustado ir al baile del Príncipe. Pero apareció su hada madrina, quien con sus palabras y su magia hizo que sus harapos se convirtieran en un traje resplandeciente, y sus alpargatas en preciosos y brillantes zapatitos. Pero le advirtió que, al filo de la medianoche, todo volvería a su realidad. Cuando llegó a la fiesta, su radiante belleza causó asombro y admiración. El Príncipe no se apartó de ella ni un solo instante. Poco antes de la doce. Cuando oyó la primera campanada, echó a correr y, con las prisas, perdió uno de sus zapatos...