Jueves, 15 de Septiembre de 2016

De Marcos Rosenzvaig
Un hombre recuerda. Una fotografía fija el instante. Una niña lo modifica con su imaginación. Un niño, el que hemos sido, contempla desde el tiempo borroneado de los cuadernos escolares, este aquelarre infernal de situaciones que atraviesan la vida de los hombres; el casamiento, la crucifixión y la muerte. El escenario es la memoria, el público, el presente que se diluye. Los personajes, obstinados, miserables, se empeñan en resolver las pequeñas circunstancias que hacen a sus vidas. El mundo continúa su lento viaje sobre el río oscuro del tiempo. Las fotografías encierran el instante. Viajan de manera incomprensible hasta el presente. Son pretenciosas por creerse eternas, pero envejecen, aunque un tanto menos que los hombres. Están allí, amontonadas o celosamente guardadas entre las rejas de un álbum. El tiempo las visita de mano en mano como un cuerpo enfermo, las vuelve anónimas y el instante desaparece para siempre. Los retratados se ausentan del dibujo, los colores se pierden y las personas dejan de llamarse. Sólo resta la posibilidad de imaginar los que el tiempo devoró. La extrañeza de todo lo que se disipa, como esta obra, en un perdido rincón de la memoria.




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