Lunes, 17 de Octubre de 2016

De Alberto Peyrou, Diego Santillán
La acción está ubicada en el pasado, en un particular reino acuciado por reclamos populares. El rey, incapaz de hacer frente a los mismos, es manejado por un ministro que aplica criterios maquiavélicos muy astutos para solucionar los problemas de estado. De tal modo, la corrupción surge y se impone como un mal de todos los tiempos, para demostrar una vez más que los corruptos no tienen otro partido que su ambición y su conducta delictiva. El afán de enriquecerse y la anomia moral explican sus comportamientos. “El descontento es el estado natural de los pueblos”, o “los idólatras se vengan…destrozan al ídolo caído”, dirá uno de los personajes. La transferencia a nuestra realidad se hace patente, provocando en los espectadores el rápido festejo y una risa espontánea y liberadora en medio de la crítica situación que se vive a diario.




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