Martes, 19 de Enero de 2016

De Enrique Papatino


Un hombre ansía conservar intacto el cosmos que se ha configurado para preservarse de las heridas que eclipsaron su vida.

Luna es el vitalicio guardabarrera de un paso campero de vías de tren. Su casilla es mucho más que su lugar de trabajo, es su refugio y su abrigo. Su soledad viene paliada por una compañera idílica, a la vez bálsamo y fetiche. Un cuadro de Isabel Sarli. Luna la eleva a la santidad y comparte con ella cada día de su vida, y se encomienda a ella para cumplir bien su trabajo. También la protege de los mirones que viajan en tren.

Pero la armonía que ha logrado encauzar se verá sacudida cuando reciba la visita de un supervisor que amenaza desbaratar su construcción.

Los automóviles ya no cruzan por ese paso y su trabajo es aparentemente inútil. Luna referirá una apología sobre su derecho a quedarse allí con la misma convicción con que el capitán de un barco permanece en él, aún ante el peor de los peligros. Porque detrás de su barrera, Luna encontró sentidos para estar vivo y no piensa renunciar a ellos.


CÁRCELES Y REFUGIOS


El Paso de Santa Isabel plantea la paradoja que se esconde detrás de los bloqueos, de las barreras espirituales y psicológicas, que en mayor o menor medida todos padecemos: autoprotección básica y cárcel emocional. Propone interrogantes que cuestionan quién puede afirmar qué es lo mejor para uno u otro.

En un mundo en el que se convive vertiginosamente entre el fundamentalismo fanático y la moda de la pretendida hiper comunicación, El Paso de Santa Isabel sugiere la necesidad de ejercer la tolerancia y la compasión hacia las posibilidades, decisiones y consecuencias del accionar de los otros.

La vida va a la velocidad de un convoy pero las emociones universales tienen sus propios tiempos. Podemos eternizarnos en un estado o decidir partir sin mapas. Cada quien pasará las barreras que sus capacidades le permitan. Cada quien asistirá como pueda a su propia clausura vital. (Cecilia Larumbe – Abril 2008)





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