Jueves, 14 de Enero de 2016

De Jean Genet

La obra Las criadas, propone en varios niveles una búsqueda desesperada de la identidad. Genet no juega; tampoco se divierte; tampoco intenta divertir. La Señora no es la Señora; Solange no es Solange: Clara no es Clara, y cualquiera de las tres puede ser una de las otras. Indudablemente las dos sirvientas pueden ser corporaciones de un ser doble. Clara y Soledad son hermanas. Se aman y se odian. Las dos aman y odian por otra parte, a su ama. Y esta podría ser la única realidad posible. Sin ella, ¿ se concibe acaso la existencia del sirviente?. Pero también la señora es falsa porque simula los sentimientos y las actitudes que hacen de ella una señora. Lo concreto es que nadie se desenvuelve en un plano de realidad consistente y tangible. Este juego dentro del juego llega a ser alucinante. Lo es por lo que significa y por lo que omite significar. La rebeldía metódica, ritual, de las criadas es una de las caras de esa especie de totalidad humana que representan, a través de sus relaciones siempre ficticias, la Señora y su servidumbre. Con Las Criadas crimen y santidad van de la mano.





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