Lunes, 25 de Enero de 2016

"En el diario de un inmigrante, en el relato de su esposa, en la memoria de sus hijos y sus nietos, entre sus libros, entre sus cosas, encontramos retazos de una historia que, quizá, se parezca a la de muchos que tuvieron que dejar sus tierras e inventarse otra. Una historia de inmigrantes y exiliados, de locura y extranjería".

El proceso de creación del último espectáculo de Teatro del Bardo, "Extrangueros, diario de un inmigrante" fue atravesado por varias preguntas que nos hicimos en el plano de la forma y el contenido.
En relación a la forma nos internamos en la problemática de los cruces de lenguajes. Queremos explorar acerca de los siempre hábiles e infértiles límites entre la danza y el teatro, la voz cantada y la voz hablada, la música y el texto.
¿Qué forma era la más apta para destilar la presencia de nuestros abuelos en nosotros? ¿Cómo hacer para contarnos a nosotros a través de aquellos que no fuimos pero que ahora somos?
Trabajamos con la intuición de que ninguna forma por nosotros antes conocida, de manera dogmática y excluyente, podía darnos todas las armas necesarias para nuestra indagación. Menuda indagación: dejar aflorar la herencia inmaterial de nuestros abuelos en nosotros. De nuestros abuelos inmigrantes, de las migraciones, de nuestros abuelos criollos, de la extranjería del que nació por estas tierras, al verse desplazado de la estructura socio-económica por el recién llegado.
No podía ser un espectáculo de danza, ni una obra de teatro, ni un recital de música ninguno de estos formatos unívocamente. Tal vez un entrecruzamiento muy personal de estos lenguajes, realizado de forma insolente, sería una buena materia de construcción. Y ya que la propuesta era hablar de nosotros, teniendo en cuenta que la obra cuenta la biografía de uno de nuestros abuelos, la premisa fue ir a contrapelo de nosotros mismos. En principio se auto-convocaron un actor y un músico, y construyeron un material basado en categorías de danza y música: el actor danzaba, el músico ejecutaba instrumentos. En el primer contacto con la dirección la propuesta devino en intentar que el músico, sin dejar de ejecutar su música, también se narrara a sí mismo en escena, convirtiéndose en un actor que hiciera música, ya no con instrumentos u objetos preparados para tal fin, sino con aquellos objetos escénicos que requería la puesta. Y al actor se le propuso que siguiera bailando pero sin que nadie pudiera sospechar que lo estaba haciendo.
Allí surgieron las primeras preguntas: ¿qué actor no hace música en escena, con su voz, con el sonido que producen sus acciones? ¿qué actor no danza en escena?
Así comenzamos a navegar por los confines; como nuestros abuelos que tuvieron que dejar una patria para construirse otra, nosotros como artistas decidimos dejar las "patrias" conocidas de nuestras respectivas disciplinas, y adentrarnos en el mar de los lenguajes, intentando hallar tierra fértil para nuestras obsesiones.





e-planning ad