Jueves, 19 de Mayo de 2016
Jueves, 31 de Marzo de 2016

Contra el Día Mundial del Teatro. Una respuesta al mensaje de Anatoly Vasíliev.

El escritor mexicano Sergio Zurita responde al mensaje de Anatoly Vasílev encargado por el Instituto Internacional del Teatro por el Día Mundial del Teatro.

El Instituto Internacional del Teatro (ITI por sus siglas en inglés) se autodefine, en su página de Internet, como “una organización de profesionales bajo el paraguas (sic) de la UNESCO”. Estos profesionales decidieron que el 27 de marzo es el Día Mundial del Teatro. Para conmemorarlo, cada año eligen a una persona que consideran importante para que escriba un mensaje al respecto. Esto viene ocurriendo desde 1962. Si uno va al teatro y resulta ser 27 de marzo, es posible que los actores, al terminar la función, le digan al público que es día del teatro. A veces leen el mensaje publicado por el ITI y, casi invariablemente, dicen una cursilería e invitan a la gente a seguir yendo al teatro, como si pidieran limosna.

Este año, el mensaje del día mundial lo dio el director ruso Anatoly Vasíliev. Yo no sabía quién era, pero leí su mensaje. Empieza así: “¿Necesitamos teatro? Ésa es la pregunta que surge en miles de profesionales del teatro decepcionados y en millones de personas cansadas de él”. La pregunta es interesante y provocadora, lo malo es la respuesta: “El teatro puede decirnos todo. Cómo los dioses habitan en el cielo, y cómo los presos languidecen en cuevas subterráneas, y cómo la pasión nos puede elevar (...) y cómo la gente vive en departamentos, mientras que los niños se marchitan en campos de refugiados” y bla, bla, bla. El mensaje concluye diciendo que el único teatro que no es necesario es “un teatro de políticos” y “un teatro de terror cotidiano”. Si guglean “Anatoly Vasíliev”, lo primero que aparece es una página de Wikipedia donde el director ruso está sonriente, estrechando la mano de Vladimir Putin, un maestro del teatro político y del terror cotidiano.

En uno de los pocos mensajes del Día Mundial del Teatro que sí dicen algo útil y razonable, el gran Peter Brook afirmó: “Las personas que trabajan en el teatro tienen un carácter y una característica particular. Son muy emotivos. Por ser muy emotivos, sus estados de ánimo cambian rápidamente. Cambian rápidamente, por ejemplo, hacia el enojo. En los movimientos revolucionarios de todo el mundo, es frecuente que los actores sean de los primeros en unirse a la protesta, en alzar sus voces. Sin embargo, en las secuelas no revolucionarias, esas mismas gentes de teatro son, con frecuencia, de los primeros en instalarse de nuevo en el pasado”.

Quienes hacemos teatro somos, en efecto, muy emotivos. Y los rusos lloran por todo, así que la combinación de ambas cosas resulta, en el mensaje de Vasíliev, un melodramón. Dice que el teatro puede decirnos “todo”. Falso. No puede decirnos si tenemos pulmonía o influenza. Y respecto a los niños “marchitándose” en campos de refugiados, podemos enterarnos en las noticias. El teatro puede acercarnos a la belleza y mucho más. Pero eso también lo puede hacer el cine, la música, la literatura, todas las otras artes y hasta las gestas deportivas. Entonces, ¿qué distingue al teatro de todos los demás espectáculos?

La respuesta puede estar en el origen: la necesidad de representación. Desde que los seres humanos lo son, han tenido la necesidad de explicarse el mundo. ¿Quién había hecho el mar y las montañas? Un ser superior. Que a veces, cuando llegaban las catástrofes naturales, parecía castigarlos. Para evitar ser castigados, le hacían ofrendas. Es decir, hacían para él una representación y las cosas que usaban (animales decapitados, adornos) se transformaron en símbolos para comunicarse con el ser supremo.

La representación no es otra cosa que teatro. El teatro nació como rito y tenía un uso específico. Hoy sigue habiendo ritos, pero ignoramos sus símbolos. En las bodas, las novias siguen usando velo, pero ignoran que el velo fue inventado para protegerlas de espíritus malignos. Como las bodas, el teatro se sigue haciendo, pero hemos olvidado para qué. El Tao Te Ching dice: “El rito es la cáscara de la fe auténtica y el comienzo del caos”.

Hacemos teatro porque queremos decir algo y que la gente lo oiga. Pero a eso le pueden estorbar muchas cosas: un deseo de que nuestros colegas vean lo bien que actuamos, escribimos o dirigimos. Un productor idiota que busca actores famosos (aunque idiotas) y monta obras “para que la gente se ría”, cuando en el teatro la risa no debe ser el fin, sino el medio para decir algo más. Y el peor de todos los obstáculos: el “creador” teatral que estrecha la mano del Putin en turno y tiene dinero del Estado para montar obras que sólo él goza.

Si queremos que la gente se convierta en público teatral, no basta con montar una obra, anunciarla, esperar que llegue la multitud, luego llorar porque no va nadie y echarle la culpa a la inseguridad, a la televisión, al tráfico o a Internet. Como dijo Bruce Springsteen: “Si quieres tener un público, debes ir por él”. Ir por el público significa ser como los primeros hombres: si no hacían aquellas representaciones lo mejor que podían, su Dios los iba a matar.

Vasíliev asegura que “el teatro siempre ha estado y siempre prevalecerá”. Siempre ha estado, pero puede dejar de existir si los teatros y sus empleados están sucios; si con cada incentivo fiscal (Efiteatro) sólo se enriquecen unos advenedizos que no saben nada de teatro; si la cartelera oscila entre la prostitución del teatro comercial y el onanismo del teatro “de arte”. Estamos ante la cáscara del rito del teatro. Ante el teatro desvalido que necesita el “paraguas” de la UNESCO. Dentro de la cáscara no hay nada. Y algo más: incluso si se logra que el teatro reviva, mucha gente puede vivir perfectamente bien sin el teatro. Dejémonos de vanidades.

FUENTE: EL ECONOMISTA

Publicado en: Notas e Informes

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