Martes, 28 de Febrero de 2017
Sábado, 12 de Febrero de 2011

Militancia, política y teatro: juntos pero no revueltos

Por María Natacha Koss | Reportaje a Carlos Gorostiza

Esta vez un maestro de maestros, historia viviente del teatro argentino, nos abrió las puertas de su casa. Señoras y señores, con ustedes Carlos Gorostiza.

¿Con qué veterano de las letras y de las artes suponen que puedo encarar una conversación sobre hologramas y platos voladores? No es Carl Sagan. Tampoco Steven Spielberg. Es Carlos Gorostiza que, a sus más de 90 años, nos abre las puertas de su departamento en la Av. Santa Fe, justito frente al Botánico, para recordar con una memoria privilegiada su pasado y presente en la escena argentina. Invita a que nos sentemos en el mismísimo sillón donde, 30 años atrás, se gestaba Teatro Abierto…, y empezamos a hablar de OVNIS. Es que Goro es así: da vueltas, se mete por caminos sinuosos para responder algunas preguntas, bifurca, toma atajos, pero siempre vuelve. Y con un humor y una lucidez a prueba de balas.

- ¿No le sale la veta Isaac Asimov o Ray Bradbury? Digo, de ponerse a escribir ciencia ficción sobre estas cosas. Porque usted tiene ya varias novelas escritas, aunque no sobre esto.

- No. Me gusta el tema, pero no escribirlo. Es que me gusta mucho más la realidad circundante; por eso amo tanto al teatro, que está ahí. El que trabajó alguna vez en teatro seriamente, sabe que en cierto momento hay una relación con el espectador que casi es concreta, casi se puede cortar con una tijera o con un cuchillo. Cuando no hay esa relación, es un fracaso. Y el actor se inspira en esa onda que mandan los espectadores. Es hermoso el teatro en ese sentido, incomparable.

- ¿Por eso empezó a hacer teatro? Porque usted venía de la publicidad.

- La publicidad (risas)…, la publicidad fue la vía que encontré para poder vivir divirtiéndome. Lo que me gustaba a mí desde siempre era escribir.

- Es que cuando uno le decía a los padres “quiero ser escritor”, supongo que era difícil.

- Pero yo no tenía padres a quienes decírselo. Yo tenía que trabajar para llevar dinero para el puchero. Empecé a trabajar a los 13 años en Bunge & Born.

- ¿Haciendo?

- A los 12 años me recibí de taquígrafo y además sabía mecanografía. Es más: si vas ahora al padrón electoral que siempre pegan en las puertas de las escuelas los días de votación y buscás mi nombre, vas a ver que dice “Carlos Gorostiza. Profesión taquígrafo”. Tuve la suerte de emplearme en Bunge & Born, aunque no entré como taquígrafo sino como cadete. Me pagaban 60 pesos, de los cuales le daba 40 a mi madre y me quedaba con 20. Calculá que valía 10 centavos el viaje en ómnibus, lo que sumaba 40 centavos por día, 12 pesos por mes. Me quedaban 8 pesos.

- ¿Y hacía como mi abuelo, que se lo gastaba en cigarrillos?

- No. Fumaba, pero muy poco. Lo que sí me acuerdo muy bien es que los sábados íbamos con mis amigos al centro y gastábamos 1 peso. Éramos un grupo al que le gustaba la literatura, el cine, el teatro. Entonces eran 20 centavos de tranvía, 40 centavos del cine, y después nos quedaban 20 centavos que eran para el “Cinco y Cinco”. Vos ibas a una pizzería, pedías “Cinco y Cinco” y te daban 5 de fugazza y 5 de fainá. Y después de eso pedíamos un moscato para acompañar.

- Supongo que también podían ir al teatro. Por lo menos al teatro comercial, que era muy barato.

- No. El teatro era prácticamente inasequible para nosotros. Por eso el éxito que tuvo el Teatro del Pueblo, que costaba 20 centavos.

- Pero yo pensé que las entradas para los sainetes eran muy baratas.

- Sí, pero el teatro por secciones costaban por lo menos 1 peso. Además no era nuestro gusto. Estábamos leyendo a los mejores poetas.

- ¿Y de dónde los leía? Porque si estaba trabajando…

- Te cuento. Yo jugaba mucho al futbol, hacía muchísimo deporte. Por eso los músculos todavía me funcionan. Y por eso hice el chiste el año pasado cuando me dieron el premio en el Rojas(*): subí las escaleras con el bastón a propósito, así después, para cuando bajara sin nada, pensaran que había hecho una proeza. Teresa, mi mujer, cuando me vio con el bastón me dijo. “¿Te ayudo?”. No, qué me iba a ayudar, si tenía que hacer una escena.

- La veta actoral sigue vigente.

- Si, claro. Fue muy gracioso. Yo tengo un amigo joven, tendrá unos 48 años, que cada vez que vamos a Argentores me quiere ayudar y yo le digo “¡No me ayudes más! ¿Qué te pensás?, ¿que soy un viejo de mierda?”. Creo que los músculos me dan por todo el deporte que he practicado. Como te contaba, en un club de barrio los muchachos, que eran siempre mayores que yo 6 o 7 años, formaban la 5ta división de futbol. Yo jugaba en el 6ta división.

- ¿En qué club?

- Era uno que estaba aquí, en Peña y Charcas. Un club que ni existía, una barra de muchachos. Yo me acuerdo que cuando formamos la 6ta (tendría unos 12 años), hicimos una rifa (siempre fui iniciador de estas cosas) y recuerdo muy bien que, con lo que recaudamos, fui a la casa Testai en Av. Callao para comprar 11 camisetas, 11 pantaloncitos y 11 pares de medias. Y llegamos al barrio con los compañeros con esas camisetas de un azul extraño, un azul con un fondo rojizo. Sabés que un día estaba en Venezuela (pasé 2 años allá). Iba manejando y de pronto pasa un camión de costado. Sentí una gran emoción y no supe por qué, hasta que recordé que ese color del camión era el color de la camiseta aquella. ¡Qué cosa la memoria…!
Lo que estudié es porque tuve la suerte de tener esa barra de amigos, que eran casi todos estudiantes del colegio Manuel Belgrano, que estaba en la Av. Santa Fe. Todos estudiantes secundarios que después fueron ingenieros, abogados. Yo era uno de los pocos que no iba al colegio. Había otro que era pintor de paredes. Pero yo les pedía los libros y estudiaba de noche en casa. Historia, geografía, literatura, química, francés…, lo que hubiese. Necesitaba eso. Estaba en la oficina desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde, con un período libre para almorzar rápidamente. Salía volando para ir al Teatro del Pueblo, donde conocí a William Shakespeare, a Nikolai Gogol (no muy bien representados, pero los conocí). Por qué me pasaba esto, la verdad es que no sé. Yo no sólo no tenía consejos en casa, tampoco tenía libros. Pero me gustaba. Me paraba en los stands de diarios y revistas y me quedaba leyendo.

-¿Pudo alguna vez cursar el secundario?

- No. Hice hasta 6to superior de primaria, porque tuve que trabajar. Un día mi madre y mi hermano me pusieron contra la pared y me dijeron: “Si vos querés estudiar, nosotros trabajamos para que estudies”. “Gracias -les dije- prefiero trabajar”.
Poco a poco iba leyendo esos libros, los de mis amigos y los que me compraba en los puestos de usados. Pero en el club, los muchachos que estaban en el secundario habían alquilado una sala en una de esas casa viejas, donde se hacían bailes todos los domingos con chicas amigas. Se ponía una vitrola, se jugaba a las damas y al ajedrez. Club Social y Deportivo Laprida Juniors. Entonces, un día trajeron un armario, y un muchacho que tenía un poco de inquietud propuso ir a pedirle libros a Ricardo Rojas, que vivía ahí nomás, a media cuadra. Y yo no sé muy bien cómo (tantas cosas me han pasado así en la vida), me metí con ellos.

- Digamos que de caradura, nomás.

- Sí, exactamente. Y fuimos un 2 de enero del ´34. Porque yo lo conocía a él, a Ricardo Rojas, por ser profesor del Manuel Belgrano…, lo veía pasar inhiesto, cuello duro, blanco, con corbata negra y unos bigotes duros. Era más que formal. Y yo siempre lo veía porque en esa época ya era un intelectual conocido. Debe ser por eso que cuando dijeron de ir para su casa me colé enseguida. Y sabés que nos trajo un montón de libros de regalo. Pero me vio a mí y me dijo: “Vos, esperá”. Fue adentro. Nosotros nos miramos. Y cuando salió venía con dos libros más para mí: uno era el Siripo de Manuel José de Labardén y el otro eran los poemas de Ramón de Campoamor. La poesía y el teatro. Fue una especie de puntapié inicial.
En cierto momento, cuando todavía trabajaba en Bunge & Born, salí a caminar. Me gustaba explorar las recovas, porque en aquel momento estaba allí casi todos garitos, llenos de prostitutas, llenos de marineros. Un día, caminando por ahí, descubro una librería de viejos que no había visto y veo un libro raro que se llamaba La calle del agujero en la media, de Raúl González Tuñón. “¿Poemas, con ese nombre? ¡Qué raro!” Además, con un dibujo en la tapa muy extraño. Pero valía 30 centavos…, 3 viajes de tranvía… Lo compré igual. Y fui a la lechería donde los juntábamos con la barra, que se llamaba La Porteña. En ese tiempo estábamos leyendo cosas más románticas, como las de Rubén Darío, así que al principio, con el primer poema, nos empezamos a reír. Pero de a poco empezamos a ponernos serios y descubrimos una nueva poesía y a un gran poeta. Acá termina ese episodio, en donde yo tenía 14 años.
Pero cuando tenía 29 años, después de haber estrenado El Puente, hice una obra para Narciso Ibáñez Menta que se llamaba El fabricante de piolín, que yo no la tengo editada porque a mí no me gusta (creo que es una obra fallida…), Sin embargo fue un éxito de sala llena en el teatro El Nacional. Trabajaba Narciso, Laura Hidalgo, Milagros de la Vega.

- ¿La dirigió usted?

- No, no. Narciso. El tema es que me llaman por teléfono del diario Clarín y me piden una entrevista. Arreglamos cita en un café que no existe más, Pedigrí. Y el hombre me dice, para que lo reconozca, que va a estar con el sombrero puesto y el diario Clarín sobre la mesa. Entro y veo un flaco con esas características. Hablamos un rato y de pronto empezamos a charlar de poesía. Entonces le pregunto si se dedicaba al periodismo o hacía algo más y el tipo me responde “Bueno, en realidad yo soy poeta”. ¿Y quién era? Raúl González Tuñón. Se me cayeron las medias, los calzoncillos. Le dije “Estoy avergonzado. Cómo usted me va a hacer un reportaje a mí”. Y le conté toda la historia, que por su puesto le encantó.

- Pero usted no entró al teatro por el lado de la escritura, sino más bien por la actuación y los títeres.

- Fue paralelo, porque a mí lo que me interesaba era la creación del personaje. Lo primero que yo empecé a hacer fue escribir poemas, y un día apareció con la barra, milagrosamente, la idea de hacer revistas orales. Íbamos por los clubes. La revista consistía en una editorial, alguien que recitaba un poema, alguien que tocaba un instrumento. Incluso descubrí hace poco un artículo que escribí a los 20 años sobre la situación del país que, no en el estilo (está escrito al estilo de José Ingenieros, que era mi referencia en aquel momento) pero sí en el concepto, sirve perfectamente para hoy.
Hacíamos eso.
Y también nos interesamos un día por los títeres. Ahí nos conectamos con Javier Villafañe, que fue mi maestro y amigo hasta su muerte. Fue él quien me dijo un día que, ya que me gustaba tanto escribir y tenía la veta literaria (incluso estaba escribiendo una novela que se iba a llamar Esta gente mía), escribiera obras para títeres, porque siempre terminábamos haciendo las mismas. El caballero de la mano de fuego, por ejemplo. Íbamos por los hospitales, los suburbios y las escuelas haciendo funciones.

- Pero sólo los fines de semana.

- Sí, sí. Todos los días hasta las 7 de la tarde estaba trabajando. Y era bastante trabajador. Pero estábamos muy contentos con los títeres.

- ¿Podríamos, entonces, pensar que Villafañe fue su primer maestro, en términos teatrales?

- No de teatro. Él nos enseñó a hacer los muñecos. Nos enseñó la poesía de su humor. Con la actuación fue intuición pura… y ver cine. Veía mucho cine y mucho teatro desde los 8 años. Yo asistí al estreno de Así es la vida, con la compañía Muiño-Alippi, vi el estreno de El conventillo de la paloma, en donde la que hacía el personaje de Doce Pesos, muy jovencita, era Libertad Lamarque, con 17 años y muy pintada.
Los que empezamos a no pintarnos en el teatro y a sacar el telón, el apuntador y las candilejas fuimos nosotros con el teatro independiente.
Pero bueno, tanto me insistió Javier en que yo escribiera (y como por aquella época estaba enamorado de Platero y del Quijote), que escribí El Quijotillo y Platero en titirilandia. Funcionaron muy bien, así que llevamos los títeres al teatro de La Máscara. Allí me hicieron integrar el elenco. Entonces ya era actor y me daban papeles importantes.

- ¿Se acuerda cuál fue la primera obra que hizo como actor?

- Pero es que me estoy salteando cosas. En uno de estos clubes a donde llevábamos la revista oral había un viejo teatrero que quería hacer teatro. Entonces me pidió un viernes que lo salvara porque se le había ido un actor. Leí el texto a la mañana, Ilusiones del viejo y de la vieja, un sainete. Pero la verdad es que no me la sabía, así que miraba todo el tiempo al apuntador. Ese fue mi debut.
Aunque no: mi estreno fue mucho más serio. Recuerdo que monté una obra que se llamaba El hombre que yo maté, que se trataba de un francés que había matado a un alemán y que iba a Alemania a conocer a la familia del muerto. Esa fue mi primera puesta en escena.
Pero incluso antes que esto, mi debut real fue a los 17 años. Ya se había desatado la guerra española y nosotros peleábamos como podíamos, sobre todo en esta zona (Palermo) donde había muchos nazis..., la Liga Nacionalista, la Liga Argentina… Desfilaban vestidos de nazi, con el gorrito y la cachiporra. Nosotros recogíamos en la calle los estaños de los paquetes de cigarrillos o de alguna golosina, formábamos pelotas de estaño y las mandábamos a España. Y había un lugar en la calle Victoria (que ahora es Hipólito Yrigoyen), cerca de Once, donde había un organismo llamado Peava: Patronato Español de Ayuda a las Víctimas Antifascista. Muchos republicanos españoles había acá. Un día fuimos allí, inquietos como éramos, queriendo colaborar para la República. Y yo elegí una obra de José González Castillo (cómo la conseguí, no tengo la menor idea) que era anarquista: Diálogo de vanguardia. Pero la obra era sobre la vanguardia teatral, no política. Así y todo era una linda obrita. En esa actué y realicé la puesta en escena. Y después hice otra, no me acuerdo de quién, que se llamaba El condenado a muerte. Ese fue mi debut real… . Y opinaron muy bien. Y recién ahí fuimos a La Máscara y me contrataron como actor.
En La Máscara fue donde un día me dijeron: “¿Por qué no escribís una obra de teatro? Porque obras argentinas no hay”. Y escribí El puente. Entonces me convirtieron en dramaturgo.

- El puente fue una revolución. Creo que principalmente por el lenguaje verbal y teatral, más que por el tema en sí mismo.

- El tema con El puente es que habíamos hecho un concurso, porque cada vez que poníamos obras argentinas no venía nadie. Incluso en el Teatro del Pueblo daban obras argentinas, Roberto Arlt por ejemplo, pero tampoco iba gente. Entonces hicimos un concurso. Estábamos reunidos en el café de la esquina del teatro (Maipú y Rivadavia) leyendo las obras. Yo las miraba con mala cara, poniéndome fastidioso porque hablaban de tú, no tomaban nada de la realidad, de lo que nos rodeaba. Era el ´47 y nosotros estábamos sufriendo el peronismo… . Eso la gente no lo sabe.

- ¿Por qué lo sufrían?

- Porque no podíamos hablar. Hasta teníamos miedo de hablar en los taxis… . Te metían preso. Por ejemplo, en el ´48 estábamos haciendo Crimen y castigo y nos prohibieron porque el autor era ruso. Fuimos a hablar con el censor y tuvimos una conservación muy particular: “Sí, es ruso –le dijimos- pero de antes de la revolución; y además Dostoievski era muy religioso”. “Ya sé -nos dijo-, pero yo fui a ver la obra y era muy sórdida”. “Es que Dostoievski es así -le respondimos”. “Bueno. Tráigame el libro”.
Le llevamos el libro y pasaron los días. Cada día sin función perdíamos plata. Lo leyó y terminó diciendo: “Bueno. Debe ser por cómo ustedes la hacen”. Entonces nos ofrecimos a hacer una función exclusivamente para él y la mujer. Y resulta que había una escena que yo hacía, en donde estaba en un prostíbulo, en la que la madama decía “Sonia: aquí hay un cliente que te busca”. Ellos pusieron “hay un amigo que te espera”. Ese fue más o menos todo el cambio que hicieron. Y luego nos autorizaron.

- Con El puente, que fue un exitazo ¿pudo finalmente empezar a vivir del teatro?

- No, no. Yo publiqué mi primer libro en el ´43, La clave encantada, una obra para títeres. Casualmente hoy lo saqué de la biblioteca.
Y me ojeo lo que es casi una reliquia: la primera edición de la primera obra editada de Gorostiza. Del ´43, se desarma en las manos…, pero es tan hermosa.

- Esto es edición del autor.

- Sí. ¿Sabés cómo hacíamos? Vendíamos adelantado 1 peso. Con la plata recaudada publicábamos y después le dábamos el libro a la gente.

- Venta anticipada.

- Éramos unos cuantos que nos habíamos reunido. Y terminamos publicando, cerca del ´47, Nueve Cantos de José Pedroni. Podíamos. Cuando me fui a Venezuela en el ´54 me llegó una citación, porque tenía que sacar certificado de buena conducta para el pasaporte. Tuve que presentarme al Comité de Actividades Antidemocráticas (creo que se llamaba algo así), la sección especial de represión al comunismo. Me citaron a las 7 de la mañana en el mes de agosto. Me hicieron pasar al patio para esperar; mientras, baldeaban. Una vez se lo comenté a Saulo Benavente y me dijo que a él le hicieron lo mismo. Cuando entré, la persona que me atendió me preguntó por El puente, si era comunista, si era profesor…, un montón de preguntas absurdas; y al final me preguntó cuánto ganaba. Yo les expliqué que dependía del porcentaje que tenía de las obras en cartel, más lo que ganaba en la empresa de publicidad en la que trabajaba. Le hice la cuenta rápidamente, la miró, y despectivamente dijo solamente “¡Bah!”. No sé…, esperaba que estuviera muerto de hambre… . Las cosas que hemos pasado. Mirá: por más que hayamos pasado cosas muy desagradables del ´83 a esta parte, no tiene nada que ver con aquello.
Un amigo mío, en el ´48 más o menos (cuando estaba prohibido el comunismo), era comunista y quería que yo me incorporara. Yo nunca me afilié porque no me seducía del todo. Había una puerta que no cerraba… . Y tuve razón.
En esa época cualquier tipo de manifestación estaba prohibida, así que los del partido hacían actos relámpago. Nos reuníamos en una esquina, empezaban a hablar, y apenas venían los vigilantes empezábamos a correr. ¡Sabés que había libros, periódicos, que yo no podía llevar a mi casa! Cerca había una vecina que tenía un balcón, cerrado siempre; entonces yo dejaba un paquete ahí a la noche y lo pasaba a buscar a la mañana.
Así que con el ´83, con todo lo que se pueda decir, no hay punto de comparación.

- Usted encabezó varios movimientos culturales de resistencia, como el caso de Teatro Abierto.

- Cuando nos quemaron el teatro…; no sabés lo que fue eso. Chacho Dragún me llamó a las tres de la mañana para avisarme de la quema del Picadero. Llovía. El agua de los bomberos. El fuego. Pero como tiraron la bomba adelante quemaron solamente la escenografía, que era poca porque debía ser funcional a 20 obras distintas. Todo muy precario. No hubo mayor problema. La música y el vestuario estaban al fondo arriba y hasta ahí el fuego no llegó. Por eso pudimos, en una semana, volver a las funciones en el Tabaris. Era un desafío.

- No sé si querrá responderme esto, pero le pregunto igual. Usted fue muy militante, políticamente hablando, encabezó luchas sindicales, etc. Incluso fue Secretario de Cultura del gobierno de Raúl Alfonsín.

- Sabés que siempre me preguntaban si tenía miedo. Es raro, porque no tenía, a pesar de que tuvimos que evacuar la Secretaría más de una vez por amenaza de bomba.

- Incluso Alfonsín tuvo el levantamiento carapintada.

- Claro. Te cuento una anécdota. Como Secretario de Cultura tenía varias atribuciones. Un día me llama el juez Gil Lavedra para avisarme que quería guardar todos los videos originales del juicio a la Junta en ATC, el viejo Canal 7, que estaba a mi cargo. Yo veía en la Casa de Gobierno que había mucha gente que no quería seguir con los juicios (no Alfonsín; él sí quería seguir), así que desde la Casa de Gobierno lo llamé a Gil Lavedra y le dije que sería conveniente que los sacara. Me preguntó si había oído algo…, la verdad que no, pero olí, olí algo. Enseguida me hizo sacar todo y llevarlo a Tribunales. Una copia la mandaron a Suecia, por las dudas. El miedo era que se acabara toda esa renovación… . Eso la gente hoy no lo comprende.

- Para los que crecimos en democracia es difícil de entender. Por eso yo le quería preguntar (y le repito que si no quiere responder, no responda): con toda la militancia que tuvo, con toda la participación política activa en el gobierno de Alfonsín, ¿qué visión tiene hoy de la política en general y de la UCR en particular? ¿Qué le pasa a usted, un hombre tan político, con la política de hoy en día?

- Yo nunca participé en militancias partidarias, pero sí tuve participación política. Cuando se veía el final de la dictadura de Jorge Rafael Videla y toda esa gente, y ya se anunciaba que iba a haber elecciones, se veía la Multipartidaria, yo pensé que no tenía derecho a no participar. Fui a visitar a todos los partidos políticos con posibilidades, a toda la gente, para verlos. No me importaba el partido, me importaba la gente. Entonces conocí a Alfonsín y vi que era una buena persona, cosa que hasta ahora no se me ha negado nunca…, excelente tipo…, aunque, como todos nosotros, no era perfecto. Tenía lo suyo, era un político de Chascomús. Un día que lo fui a visitar, cuando ya había concluido el mandato, le pregunté por la mujer, María Lorenza, que estaba enferma. Me interesé por cómo seguía y él me respondió: “Bien. Sabe que ayer se fue solita en micro a Chascomús”. Era de una humildad y de una profundidad… . El mayor regalo que tuve fue cuando yo me fui, porque me agarré un pico de estrés. Teresa me dijo: “o renunciás o me divorcio”. Y cuando voy a decirle, él me retruca que estaba disponible el cargo de agregado cultural en Washington: “Vaya un año, descanse bien, y vuelva”. No me quería largar.
Me gustó lo que él hacía, me gustó él, la gente que lo rodeaba, aunque nunca fui radical.

- ¿Afiliado a algún partido?

- Me afilié al radicalismo porque en la interna estaban Alfonsín y De la Rúa. Había votación y De la Rúa no aflojaba. Me afilié solamente para poder votar.
Y ahora….
Durante la época de la I Guerra había un socialista llamado Henri Barbusse, que escribió una gran obra. Las obras de la guerra son dos: Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque y El fuego de Barbusse. Y otro socialista, amigo de Barbusse, era Romain Rolland, quien escribió un texto titulado Au-dessus de la mêlée (que viene a ser algo así como Por encima de la contienda) en donde retoma la correspondencia que habían mantenido Rolland y Barbusse durante la guerra.
Cuando me preguntan ahora por la política, yo respondo Au-dessus de la mêlée. Porque no puedo estar con Hugo Biolcati…, pero tampoco puedo estar con Hugo Moyano. Es terrible, es penoso. Entonces, Au-dessus de la mêlée.

- Y finalmente, con respecto a su estética, yo veo que más o menos desde los ´90 a esta parte sus obras han dando un giro en el nivel temático: antes estaban más enfocadas hacia lo social y ahora más hacía el drama intimista individual, en el problema de la muerte. ¿Está de acuerdo?

- Cuando veas Vuelo a Capistrano vas a confirmar tu hipótesis. Y con El aire del río también.

- ¿Por qué este giro?

- Uno puede especular… . En realidad no sé. Pero puedo encontrar un punto bisagra: hace unos años me dijeron que yo tenía leucemia, pero que de eso no me iba a morir porque parece ser que es una deficiencia en la sangre que tengo desde hace mucho y que me descubrieron de casualidad. El médico me preguntó “¿Cuántos años quiere vivir?”. Cagamos. Me puso el techo. De eso hará 25 años y el cuadro se me agudizó cuando Carlos Menem llegó al poder.

(*) Se refiere a la Mención Especial a la Trayectoria de los Premios Teatro del Mundo, entregados por la Universidad de Buenos Aires en el Centro Cultural Ricardo Rojas, en noviembre de 2010.

Publicado en: Notas e Informes

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