En mi época te decían: ‘Vos no elegís la danza, la danza te elije. Es como mágico...’. Y yo con la magia no voy. Por ahora, hagamos lo que podemos hacer en la Tierra”. La que termina esta frase, con una risa irónica, es Liliana Cepeda, alumna privilegiada de Nanufar Fleitas y ella misma maestra de danza clásica. En esta entrevista, realizada a la salida de su clase, refuta la tan mentada enseñanza de la danza clásica, proponiendo, al igual que su maestro Fleitas, su renovación.

Cuando se piensa en la danza clásica, se imagina una pieza artística antigua, solemne, bella y lejana. Los aspirantes a bailarines, incluso contemporáneos, la asocian al trabajo disciplinario, un poco falto de sentido o carente de organicidad, pero totalmente necesario para ingresar al mundo de la danza escénica en general. Quizá con el aterrizaje de una técnica traída de Europa (de París, precisamente, durante la segunda mitad del siglo XX), de la mano del maestro argentino Alfredo Gurquel, la técnica clásica tomó nuevos bríos y volvió renovada al medio.

Legada del director ruso Vsevolod Meyerhold (quien la aplicó a su teatro formalmente opuesto a los montajes poco naturales de su época), tal técnica es la biomecánica, mejor y más ampliamente conocida por los deportistas, ya que se trata de la aplicación de leyes físicas como la palanca, al movimiento corporal producido por la relación músculo-hueso.
Mucho antes, aquí en Buenos Aires, algunos bailarines y docentes ya cuestionaban la rigidez de una danza para la que se decía: “no sos vos quien elige la danza clásica, sino ella quien elige a sus seguidores”. Maestros un tanto olvidados, como lo fue Nanufar Fleitas, intentaron cuestionar estas máximas.

“Se daba una clase en la que, aunque la técnica fuera precisa, prolija, correcta; había un momento en el que no se trataba de que el otro aprendiera. Mi experiencia de muchas clases, me mostró que ésa es una falla de la pedagogía, que viene de la cultura de la danza clásica. En mi época te decían: ‘vos no elegís la danza, la danza te elije. Es como mágico...’. Y yo con la magia no voy. Por ahora, hagamos lo que podemos hacer en la Tierra”.

La que termina esta frase, con una risa irónica, es Liliana Cepeda, alumna privilegiada de Fleitas y ella misma maestra de danza clásica, seguramente la salvadora de muchas almas desesperadas, en búsqueda de alguien que les tendiera una mano sobre este arte a veces tan ingrato, pero tan hermoso. “Si vos no naciste con las condiciones, ya te descartaron. Te salva si sos muy laburador... pero si no entrás, porque no captás el código, quedas afuera. Entonces las clases son para dos o tres iluminados, y al resto no se lo registra, no se lo elige. Hay una gran mayoría que sobra en la clase, cosa con la que yo estoy en total desacuerdo. Por eso elegí otro camino. Elegí pensar.”

Comenzó a estudiar en la Escuela Nacional de Danzas en 1968. Se dedicó a bailar mucho. Bailó jazz con Noemí Coelho, bailó clásico con Gurquel en el Teatro Argentino de La Plata con quien se llevó muy bien, por la comprensión de su análisis anatómico, a pesar de venir de una ortodoxia total), bailó folklore... ¡Bailó el can-can! También danza moderna, y sus propias obras. Y todo lo consiguió, debido a su gran nivel clásico y su adaptabilidad. 

Pero luego decidió enseñar. Es infatigable: además de sus hijos adolescentes, sus animales y plantas, su casa y su marido músico, atiende personalmente a sus alumnos, que no paran de llegar y se quedan a conversar después del entrenamiento. Se entregó a dar clases no para los niños, o para los profesionales, sino que se concentró en esa franja del medio, los adolescentes y adultos jóvenes que no encuentran clases para ellos, pues asegura que no es cierto que no se pueda llegar a resultados empezando a esa edad. Ella misma comenzó a los 14 años, y sin ningún mandato o herencia, sino por decisión propia. Por sus manos pasaron los under de los '80, incluidos Batato Barea y Guillermo Angelelli. También actores, como Inés Estévez, y bailarines que han triunfado fuera del país.

“Mi experiencia me dice, y llevo 32 años enseñando, que nunca hay que decirle a alguien que no podrá bailar, porque no hay manera de saberlo. Depende de dónde lo para la vida, y depende del deseo: si no hay deseo interno... no lo va a conseguir. Un día me dije: ‘yo me voy a dedicar a un rubro de gente al que nadie se dedica y a enseñarle clásico como si fuera a bailarlo. Gente que haga cualquier otra cosa y crea en la clase y quiera aprender’. ¿Cómo hacer para que aprendan y no paseen por los estudios? Trato de conseguir que logren un resultado, que no sean un número. Comienzo a enseñarles a trabajar, a explicarles cuánto esfuerzo deben hacer, que es siempre más del que piensan, a manifestarles qué capacidades tienen como personas, en cuanto a cabeza y a cuerpo para desarrollar energía, luego cuánta capacidad tienen, realmente, y con qué ejercicios van a lograr eso que no les sale. De repente paro la clase y les muestro libros de anatomía para que vean lo que están usando, pero también los toco, los pellizco, los levanto. Así logro un registro muy intenso.”

La danza clásica se ha asociado por años al dolor físico, fruto del esfuerzo de contracción de la musculatura, a la rotación y apertura de piernas, del torso, el sostén de los brazos, el equilibrio del raquis: la lucha contra la gravedad... Liliana nos aclara: “El dolor existe, es necesario, porque hay un lugar de esfuerzo en el clásico, un lugar que si no llegás a través del registro minucioso no lo encontrás de otra manera, y eso duele al principio. Luego empieza a aflojar. La gente tiene que perder el miedo al dolor. Yo le digo: cuando estudiás en la facultad y te dan un libro así de gordo, te duele la cabeza, pero como asociamos eso con el trabajo intelectual, te tomás una aspirina y seguís, no dejas de estudiar porque te duela la cabeza. Al dolor corporal no estás acostumbrado, lo asociás a algo malo. Pero hay dolores que te dan registro, aprendés a conocerte. El dolor es un referente, no lo podés anular, es una posibilidad. Hasta que podemos traspasarlo, diferenciarlo: dolor por falta de costumbre o por trabajo o por distensión muscular, un agarrotamiento. En sí el dolor no es malo. Hay que saber preguntar. Si la clase viene derecho y nadie habla, yo paro y los increpo: ‘¿nadie tienen nada que preguntar?’”

Contradiciendo todos los prejuicios sobre la falta de reflexión de los intérpretes y docentes de danza, Cepeda habla hasta por los codos. Ella misma lo declara, divertida, apenas nos juntamos. Pero habla con sentimiento y con profundo pensamiento sobre su hacer. “Yo hablo mucho en la clase. ‘¿Están seguros?’, les pregunto. Porque hay otra cultura en la danza clásica: la de no preguntar. Yo les digo: ‘cualquier clase es buena, la clase buena es la que te sirve. Tenés que saber qué estas buscando’. Y el profesor tiene que dar todo de sí, pero tiene que saber decir: ‘eso no lo sé’. No puede ser que un maestro le diga a un alumno que no tiene técnica o que no tiene condiciones. El alumno debe decir: ‘por eso estoy acá’. Uno estudia para desarrollar las condiciones para bailar. Bailar es bailar. ¿Quieren hacer esto realmente? Entonces, yo les explico que los pasos son estilizaciones, que pueden encontrar esos pasos en otras técnicas, en otras formas de bailar. No importa qué. Yo trato de que no se frustren, porque un bailarín frustrado va a seguir sosteniendo conceptos erróneos, y se va a seguir repitiendo que la danza es sólo para elegidos. Peor: no va a poder desarrollar su propia danza”.

Muy a pesar suyo, se declara partidaria del Teatro Colón y su rígida formación, porque éste les da cabida a aspirantes de clases bajas de la sociedad, y porque desde el comienzo promueve para los alumnos el trabajo sobre el escenario (incluso el que es pago). A pesar de su “mala onda” ,tales sus palabras, tiene prestigio artístico y lo mantiene. Sin embargo, no está en absoluto satisfecha con el IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte) porque éste se caracteriza por la falta de buen nivel técnico, incluso en cuanto a lo coreográfico, ya que en la docencia ella ve una preocupante dejadez: “Siento que el IUNA es la nada, no produce nada, y eso no me gusta.”

Nota: Para Ampliar esta entrevista ver: Apéndice: Breve historia de la disusión de la danza clásica.