Miércoles, 16 de Julio de 2014
Viernes, 07 de Septiembre de 2012

Devenir Alicia

“Cuando digo ‘Alicia crece’, quiero decir que se vuelve mayor de lo que era. Pero por ello, también, se vuelve más pequeña de lo que es ahora. (…) Tal es la simultaneidad de un devenir cuya propiedad es esquivar el presente”. Gilles Deleuze, Lógica del sentido.

Sin duda, la Alicia que nos convoca parece estar en los antípodas del lenguaje de Deleuze. Sólo parece. Probablemente por la estética elegida para reescribir esta versión de Alicia. Es cierto: no se la ve agrandarse y achicarse de manera constante. Y tal vez no eluda el presente sino algunas formas de lo real, tal vez lo haga de manera provisoria hasta el momento de encontrarse.
El trabajo de la puesta es de una profundidad enorme, como ese pozo por el que Alicia cae extensa, pero no interminablemente.
En una escena sintética y económica se explicita el punto de partida. Alicia es parte (es aparte) de un grupo de estudiantes definidos en trazos gruesos a partir de roles. En ese mundo es la “rara”, según dicen los demás. Por suerte Alicia tiene un amigo (otro, además de Sucio, el oso) que comparte con ella su refugio. A priori el sitio parece poco amigable: un baño (a juzgar por el inodoro) con las paredes pintadas con aerosol y algunos otros objetos poco esperables para un lugar como ése.
El viaje de la muchacha se inicia a partir de la persecución de su objeto amado, que es tragado literalmente por el gran inodoro. Ella simplemente saldrá en su búsqueda.
La caída se presenta desde una proyección, un pozo de colores múltiples y ecos de voces que la llevan hasta un fondo imprevisible.
El universo Frikiland al que asistirá (y los espectadores con ella) está cuidadosamente diseñado. El sistema se articula desde una lógica implacable: los objetos, los colores, el vestuario, los gestos de los personajes. Nada ha quedado a la deriva. Hay, es necesario decirlo, cuestiones que requieren de una mención particular: la iluminación, que lejos de proponerse como la instancia que permite visibilidad, narra, expresa, tiñe los acontecimientos, los hace devenir; la coreografía, que les permite constituir conjunto de manera indisoluble y que, además, propone el extremo de lo lúdico en la batalla con la Reina de Corazones; la música y los músicos porque hay que mencionar ambas cosas, que son núcleo central de este mundo fantástico.
En el terreno de la dramaturgia es posible sostener que el universo de Lewis Carroll sólo está distanciado por época histórica y contexto, puesto que su espíritu entre lógico y lúdico se hace presente aquí, resignificado. Alcanza con observar ante qué palabras entran en pánico los habitantes de Frikiland.
Por otra parte, las intervenciones del Gato, del Sombrerero y de la Frikiliebre son de un nivel de reflexión profundo con apariencia bizarra. Tal vez puedan pasar inadvertidas para el que se queda en el terreno de la superficie (cosa que también se puede hacer). Alicia es una gran cebolla, con infinitas capas. Si uno observa puede ver el entramado entre el mundo estudiantil de la tímida Alicia y su correlato con los personajes de este universo fantástico (entiéndase que la referencia es con respecto al género, también). Hay líneas que establecen la contigüidad.  Entonces, el amigo es el Conejo que lleva a Sucio (y que en esa persecución forzada logra que ella se encuentre a sí misma) las cadenas de un lado del universo y del otro, el lugar del poder arbitrario que se exacerba cuando la profesora deviene Reina de Corazones… Y así con todo.
Los puentes también se trazan en el terreno de los movimientos: Alicia permanece. Es el resto lo que se acomoda alrededor suyo (metáfora hermosa, además). No la tocan pero cae el gesto expandido, la imposibilidad de ejercer resistencia. Las palabras también descompensan, logran reacciones en cadena, se convierten en actos de habla, directos. A medida que avance el recorrido Alicia, será cada vez más fuerte. Y tomará sus propias decisiones. Hará escuchar su palabra.  Su actitud, incluso, se modifica.
Alicia se sentía rara hasta que se enfrentó a  la hipérbole de la rareza,  el juego con los rasgos exacerbados, en todo sentido: una actuación que se exaspera, una palabra que se propone en el límite, la música con una increíble potencia.
La proyección de la Alicia que baja y de la Alicia que sube, se inscribe en un plano que se opone a la tradicional pantalla, superficie con marcas, heterogénea, colorida. Sobre ella Alicia muda de ropa, se acomoda los anteojos, viaja, se deja llevar.
El inodoro es un signo fuerte, por decirlo de algún modo. Hay que caer por allí y luego salir. Y Alicia sale. Habiendo crecido, habiendo devenido más pequeña de lo que es. En esa simultaneidad, en lugar de eludir el presente, lo subraya.

Publicado en: Críticas

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